Las 5 peores experiencias laborales que hemos tenido
Por: José Pablo Contreras Sánchez
Imagina que te piden diseñar la estructura para una instalación agrícola en Los Ángeles. Todo dentro de la ley, buen presupuesto, cliente contento, por lo que armas el equipo; metes ingenieros eléctricos y de estructuras, avanzas el proyecto… hasta que solicitas las coordenadas exactas del terreno, las pones en Google Earth y descubres que el proyecto no está en Los Ángeles. Está en Colombia. Y lo que ibas a estampar con tu firma y la de todo tu equipo, era la estructura de una granja de marihuana. ¡Ay cab**n!
Esa historia no nos la acabamos de inventar. Es completamente real. Nos la contó un miembro de nuestro equipo en el episodio 5 de nuestro podcast, cuando nos sentamos a hablar sin filtro de nuestras peores experiencias laborales. Y no fue la única.
¿Por qué hablar en público de nuestras peores experiencias laborales?
Porque casi nadie lo hace, y todos creemos que nuestra historia es la más vergonzosa, o la más rara. La realidad es lo contrario: todo el que ha trabajado por suficiente tiempo tiene al menos una anécdota que hoy le provoca risa (o escalofríos) contar. Compartir las nuestras es, en el fondo, una forma de decir «a todos nos ha pasado, y se puede salir adelante igual».
Bueno, pero… ¿qué pasó con el proyecto de la granja de marihuana?
La historia empezó como cualquier proyecto freelance: un cliente colombiano que, con el tiempo, se había ganado demasiada confianza. Te llamaba a las tres de la mañana solo para presumirles a sus amigos, en plena fiesta, que tenía un arquitecto trabajando para él. Y en algún punto llegó este encargo: una estructura metálica para una operación agrícola, replicable en cerca de 200 hectáreas, con instalaciones sanitarias, eléctricas y paneles solares. Todo apuntaba a un proyecto legal en Los Ángeles.
Todo avanzaba bien, hasta que las coordenadas exactas del terreno destaparon el engaño: el proyecto no estaba en Estados Unidos, sino en Colombia, donde ese cultivo no es legal. La reacción, contada tal cual en el episodio:
«(…) esto no lo podemos hacer, si el proyecto es en Colombia eso no es legal, y yo no quiero ningún plano firmado por mí ni por la gente que yo contraté para este proyecto».
La razón detrás de esa decisión, y algo que vale la pena que todo arquitecto o ingeniero tenga siempre presente:
«En cualquier parte del mundo, los arquitectos e ingenieros somos responsables durante años de lo que firmamos».
La decisión, al final, fue simple: cero planos firmados, cero involucramiento, y a buscar otro cliente. Moraleja incómoda, pero real: si un proyecto suena demasiado bueno (o demasiado raro) para ser cierto, probablemente lo sea (y si es ilegal, ¡mejor no te involucres!).
¿Cómo terminó un negocio de impresión de planos convertido en un bar?
La segunda historia es menos ilícita pero igual de desastrosa. A los 21 años, uno de nuestro equipo montó una empresa de ploteo (impresión de planos arquitectónicos) con un par de amigos, justo enfrente de su universidad. En teoría, un negocio redondo: todo estudiante de arquitectura necesita imprimir planos, y más las noches antes de una entrega (no te hagas, ¡tú también has dejado tareas para el último momento!).
En la práctica, esas noches de entrega terminaron pareciéndose más a una fiesta que a un negocio: cerveza fría, música y un flujo constante de compañeros que llegaban «solo a saludar» y se quedaban horas en el cotorreo. Tanto así, que el local dejó de sonar como «Ploteo 24» y empezó a conocerse entre los estudiantes como «Tasca 24». El negocio duró seis meses, hasta que las ganancias (gastadas casi todas en más cerveza, por cierto, no en papel ni tinta) dejaron de alcanzar.
No es un caso aislado: en Colombia, 75 de cada 100 empresas nuevas fracasan antes de cumplir tres años, y la mala administración (no la falta de clientes, ni de una buena idea) suele estar entre las causas más citadas, según cifras de la Cámara de Comercio de Bogotá.
¿Vale la pena montar un negocio con amigos?
La misma persona que vivió lo de «Tasca 24» te lo resume:
«El mejor consejo que creo que le puedo dar a alguien es que no trabaje con amigos, o no empiece a trabajar con amigos».
¡Sopas! Y bueno, no es una regla absoluta, pero sí una advertencia que vale la pena escuchar antes de que la amistad se mezcle con la nómina.
¿Te has preguntado cómo es trabajar para un jefe que no te deja ni sentarte?
Otra de las historias del episodio pasó apenas a los dos días de que uno de nuestro equipo llegara a vivir a Argentina. Necesitaba dinero rápido, así que aceptó un trabajo de una semana haciendo inventario en una tienda de fundas y accesorios para celular, junto a otras siete personas. La tienda cerraba al público mientras contaban, uno por uno, todos los productos que habían llegado desde China.
El problema no era el trabajo en sí, sino el dueño: ¡no dejaba sentarse a nadie en todo el día! Así se tratara de contar piezas pequeñas sentado en una silla. Y cuando algo salía mal, la tomaba contra su propio asistente:
«Ya eran tanto los gritos hacia el asistente que yo no sé si esa persona tenía tiempo trabajando con él, o era nueva. También, un día se puso a llorar de lo mucho que le gritó».
¿Y cómo se sintió nuestro compañero? En sus propias palabras…
«Número uno, ¿cómo no me vas a dejar sentar? Yo puedo contar algo sentado o parado de la misma forma. Número dos, estar aguantando gritos de un loco. Y número tres, también estar viendo cómo maltrata a otras personas. Era una cosa horrible».
A veces la peor parte de un trabajo no es la tarea, sino tener que presenciar cómo tratan a los demás. Y no es solo una impresión: la Organización Mundial de la Salud reconoce el burnout como un fenómeno ocupacional resultante del estrés crónico en el trabajo que no se ha sabido manejar; y un jefe que grita y no deja ni sentarse es, literalmente, ese estrés crónico en acción. Tampoco ayuda que, según un estudio de Gallup, una de cada dos personas ha dejado un trabajo en algún momento de su carrera para alejarse de su jefe.
¿Qué pasa cuando un error de diseño casi arruina una entrega?
No todas las historias son sobre jefes tóxicos. Esta es puramente de gremio arquitectónico… y de esas que provocan cringe retroactivo. En un proyecto residencial con un centro comunitario complicado de resolver, una compañera de equipo por fin encontró la solución perfecta: todo encajaba, todo se veía maravilloso. Hasta que, revisando de nuevo al día siguiente, algo no cuadraba.
Resultó que había escalado mal todo el mobiliario del render: una cama, y hasta un sofá, medían apenas 40 centímetros. En el modelo 3D todo cabía perfecto… porque los muebles eran, literalmente, de juguete. ¡Upsi!
«Ah, ¿tú me vas a poner un sofá de 40 centímetros donde se va a sentar la gente? Porque ni siquiera cabe un pie».
Pero lo bueno es que alcanzaron a corregirlo antes de presentar el proyecto al cliente. Aún así, por un par de días, el susto fue real. Moraleja de la historia: revisa las escalas dos veces, sobre todo después de una noche larga.
¿Qué otros (t)errores laborales se repiten una y otra vez?
Entre otras historias que salieron esa tarde: un jefe que desaparecía en las reuniones importantes y solo aparecía para adjudicarse el trabajo ajeno frente a la dirección –«literalmente era Michael Scott: se quería hacer el que estaba bien con todo el mundo, el que hacía el mejor trabajo, pero en realidad no hacía nada». Una empresa que, en lugar de simplemente pagar el aguinaldo que por ley le correspondía a sus empleados, mandaba un comunicado interno celebrando el «esfuerzo» de estar pagándolo a tiempo, como si fuera un favor y no una obligación. (En Colombia, por ejemplo, esa prestación, que popularmente se conoce como aguinaldo y formalmente como «prima de servicios», está establecida por ley en el Código Sustantivo del Trabajo, no es una gentileza del empleador). Un cliente que confundía «contratar freelance» con «tener acceso ilimitado a tu tiempo, de día y de madrugada». Y un primer trabajo, a los 18 años, sirviendo café en bodas y bautizos por menos de cinco dólares por evento, de siete de la noche a tres de la mañana, sin seguro, con el descuento automático si se rompía una taza.
Nada de esto es exclusivo de la arquitectura o de Latinoamérica. Es, básicamente, el folclore laboral que casi todo el mundo carga en algún cajón de la memoria.
¿Tienes tú una historia parecida?
¿Alguna vez has tenido una mala experiencia en un trabajo? Un jefe imposible, un socio que resultó ser un problema, un sueldo que no compensaba ni de cerca las horas. Cuéntanosla (porque, en serio, nos encanta escucharlas) y de paso, date una vuelta por el episodio completo, donde estas historias (y varias más) se cuentan con lujo de detalle: PEORES experiencias laborales | The A Career Podcast EP.5.

